martes, 23 de junio de 2009

Él

La luna brillaba con palidez en lo alto del cielo.
Gotas de agua comenzaban a desprenderse del encapotado cielo que gobernaba la noche. Aunque al principio se depositaban mediante finas ráfagas de suave lluvia, incluso agradables al posarse sobre la piel, cuya trayectoria se encontraba a merced de las ligeras brisas que se levantaban, no pasó mucho tiempo hasta que fue evidente que aquello no había sido más que el anticipo propuesto por la tormenta para anunciar su inminente llegada.
Él no le prestaba mucha atención a las nubes, estaba más pendiente del suelo, para cerciorarse de dónde tenía que apoyar el pie para continuar lo más rápidamente posible con su frenética carrera, a través de las mal iluminadas avenidas de la ciudad.
Recordaba vagamente las teorías callejeras que hablaban sobre aquellos diluvios, teorías que dejaban bien claro que la clave para no mojarse era caminar despacio, entre gota y gota... Pero aunque su encriptada mente trataba sin mucho éxito de distraerse, su verdadera preocupación lo abstraía completamente del exterior.
Esa misma preocupación era lo que le había empujado a lanzarse al exterior en plena madrugada y lo que le hacía no vacilar a la hora de seguir corriendo para tratar de refugiarse de la lluvia, que acompasaba sus pasos junto con la caída de los truenos como telón de fondo. Debía de estar en el núcleo de la tormenta, puesto que el sonido estaba tan próximo que parecía que el mismo cielo se estuviese rasgando sobre su cabeza.
¿Cuánto llevaba recorrido? No estaba del todo seguro. Resultaba curioso, pero no se sentía cansado. Su corazón bombeaba sangre con tanta fuerza que parecía salírsele del pecho. No le buscó explicación, y siguió recorriendo la ciudad.
...Porque en el fondo, conocía con tanta claridad la respuesta que en ese instante no podía ver otra cosa. Y es que, ¿por qué debería sentirse agotado cuando corría desesperadamente para alcanzar lo único que en aquel momento hacía que se sintiese vivo? Lo ilógico sería que no fuese de aquella forma.
Debía ser más rápido, tenía que llegar cuanto antes. Aceleró la marcha todavía más mientras se lamentaba por no haber comenzado el recorrido mucho antes. Había varios kilómetros desde su punto de partida hasta su casa.
Ella volvió a apoderarse de los pocos pensamientos que milagrosamente habían escapado a su influjo. La veía con tal nitidez que juraría que la tenía delante, de no ser por el vacío que sentía en el pecho.
No podía terminar así, no de esta forma. Debía impedirlo, tenía que impedirlo.
No era capaz de rememorar el momento en el que las cosas fueron a peor, pero no era capaz de olvidarse del instante donde las cosas parecieron tocar a su fin. El dolor cada vez iba siendo más insoportable, y a su vez, el nerviosismo comenzaba a hacer mella en él, al verse próximo a su destino.
Las dudas siguieron asaltándole. ¿Cómo debía empezar? ¿Qué excusa debía poner? ¿Le escucharía? ¿Y si ella no pensaba igual que él, y si no buscaba una segunda oportunidad? Se sentía estúpido por todo aquello. Había tanto que quería decirle y que no encontraba la manera de dar comienzo...
Debía de haber una baldosa suelta en la acera. Tropezó con ella y perdió el equilibrio, pero con un poco de suerte y con ayuda de sus reflejos, evitó no acabar de bruces contra el suelo. Recuperó el control en medio del desequilibrio y siguió corriendo, aumentando aún más la velocidad. No tenía tiempo para detenerse por chorradas. Las piernas le dolían, las notaba completamente magulladas, pero a pesar de eso seguían acatando sus órdenes como si la fatiga no tuviese que ver con ellas.
Dobló una esquina, y se topó con la calle. En menos de un minuto alcanzó a ver el portal. Ya estaba allí.
En los últimos metros, en los cuales aflojó la marcha ligeramente, el temor volvió a acosar su cabeza. Ya era muy tarde, ¿seguro que debía ir a verla? Seguramente estaría durmiendo, no debería molestarla.
Al fin y al cabo no era el momento. Quizá nunca lo fue.
Se detuvo en seco. Había sido un imbécil, ¿qué diablos estaba haciendo allí? Debía haber reprimido sus impulsos cuando aún podría evitarse el ridículo. Ridículo que sólo él conocería, pero que ya había calado hondo en lo más profundo de su alma...
Escuchó cómo la puerta del portal que se hallaba a su izquierda se abría con brusquedad y se cerraba dando un portazo. Una chica avanzaba a trompicones mientras luchaba contra el paraguas que llevaba en las manos para lograr abrirlo. Y cuando lo consiguió, invirtiendo para ello varios farfullos y un par de maldiciones, sus ojos se encontraron de frente.
Era ella.
Allí, con el paraguas abierto en la mano, justo enfrente. Esta vez era real. Tras unos instantes eternos en los que el silencio era dueño y señor de la situación, fue ella la primera en articular palabra.
-¿Qué haces aquí? -Su voz era mucho más dulce de lo que él recordaba. El trueno que se escuchó justo después no consiguió ahogar el eco de sus palabras en su mente.
-Yo... -Se dió cuenta de la presencia de grietas en su garganta, que le impidieron articular palabra. Trató de aclararse la voz con torpeza. -Estaba... estaba dando un paseo y me dije... oye, ¿qué tal...? ¿qué tal si le hago una visita?
Qué estúpido había sonado. Y para colmo no conseguía encadenar dos palabras seguidas. ¿Qué más podía pasar? Se percató entonces que su respiración era entrecortada, aunque no sabía deducir si se debía a la vertiginosa carrera hasta allí o a la presencia de su interlocutora.
-¿Un paseo? ¿A las dos de la mañana, y con este tiempo? Estás... estás loco. -Sonrió, y aquello le forzó a sonreir a él también.
Seguía lloviendo, casi lo había olvidado. Se pasó una mano entre el empapado cabello, tratando de mostrar una falsa calma y tranquilidad, y a la vez disimular el creciente temblor que que se estaba apoderando de su cuerpo.
-Sí, pero sólo un poco. -Rió, y ella con él.
Se miraron otra vez a los ojos, y ambos dejaron de mantener una distancia de seguridad, que había menguado a cada palabra articulada por ambos.
El paraguas cayó ligeramente contra el suelo, ya en un segundo plano, junto con la lluvia, los rayos, los truenos y el endiablado viento que recorrían aquella madrugada las mal iluminadas avenidas de la ciudad.
Abrazados con todas sus fuerzas, no se supo conocer con exactitud quién de los dos pronunció aquellas palabras, o para ser más precisos, quién de los dos las pronunció primero, antes o después de rozar los labios del otro con los suyos.
"Te quiero."

3 comentarios:

  1. wooow me encanta ^^ (yo y mis comentarios XD)

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  2. Dios, que bien escribes xD
    Me encanta :D

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  3. Eres capaz de dar más. Recreame en los personajes, déjame adivinar sus actos, dime cómo caminaba ella, estaban sus zapatos mojados? Y sus ojos que hablaban?

    Duna.

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