sábado, 30 de diciembre de 2017

De jugadores y madres

Cuando me hablan de jugadores de videojuegos y se refieren a los denominados jugadores hardcore, esos que curiosamente siempre suelen responder al arquetipo de señores entre la juventud y la mediana edad que dedican sus energías a competir en juegos y que suelen hablar no sin cierto desprecio de la brecha entre los verdaderos jugadores y los jugadores casuales, nunca puedo evitar pensar en mi madre.
Mi madre, que cuando tenía veinte años jugaba en las máquinas de las recreativas encadenando partidas de pinball gratis una tras otra, hasta el punto de regalarlas a desconocidos a la hora de irse a casa, por aquello de no dejar perder una bola extra.
Siempre se me viene a la cabeza la de horas que debió de echar conmigo y con mi hermano a su lado jugando al Crash Bandicoot 2 para la PlayStation. Recuerdo que había dos partidas abiertas: una en la que jugábamos todos los miembros de la familia y otra en la que jugaba ella sola, algunos días en compañía de mi padre, mientras nosotros estábamos en el colegio o simplemente dormíamos. Jugaba hasta casi quemar el disco en el lector, memorizando cada salto, cada enemigo, cada animación de cada dichosa fase. Recuerdo como si fuera ayer cómo me frustraba al no ser tan bueno como ella: el personaje en sus manos sencillamente volaba, mientras que bajo mi control adquiría una torpeza y lentitud que me exasperaba. Las lecciones estaban a la orden del día, y mi madre no perdía la oportunidad para insuflarme paciencia y recordarme que todo era cuestión de práctica. Y como todo lo buen alumno que puede ser un niño de seis años, yo soñaba cada noche con el juego mientras me susurraba a mí mismo que la próxima vez que cogiese el mando sería tan bueno como mamá.
Y así, cada fin de semana al acabar el colegio, la consola se encendía y el porcentaje del juego completado había subido en su partida desde la última vez. Con el tiempo, los retos autoimpuestos por mi madre empezaban a ser más estrictos: acabar las fases sin morir ni una sola vez, recogiendo todos los coleccionables de la pantalla, dejándolos todos sin recoger, teniendo que obtener al menos diez o quince vidas extra durante el recorrido… A fuerza de exprimir el juego no quedó pixel sin remover, en una época que siempre recuerdo de forma muy nítida.
El tiempo pasó, y tras ese llegaron muchos otros juegos y aventuras, pero por caprichos de la vida, mi madre dejó de jugar tan a menudo, hasta el punto de colgar los mandos durante una buena temporada. A día de hoy todavía juega a juegos que muchos pobres diablos consideran de segunda categoría, en momentos en los que tiene tiempo libre y volviendo a adoptar una concentración admirable como pocas.
Así que cuando alguien me habla de jugadores hardcore, de esos que ya no quedan, nunca puedo evitar pensar en mi madre, una persona que quemaba botones sin dejar de descuidar a sus hijos y sus, en demasiadas ocasiones, excesivas obligaciones. Una persona que entre partida y partida encontraba la manera, a veces incluso de forma inconsciente, de enseñar algo nuevo o transmitir algo importante.

Sí, respondo a veces, ya quedan pocos como los de antes.

lunes, 28 de agosto de 2017

Inercia

Hoy, en contra de todos los designios, escribo para mí.
Hoy abandono la mente de mi amada heroína, pese a sus insistentes quejas desde el fondo de mi mente. Hoy dejo los artículos que ya debería haber escrito, los capítulos que ya debería haber revisado. Y escribo para mí sin tener un rumbo claro, sin saber qué decir.
Hoy tengo la necesidad de hablar sobre nada en particular. Dejo la mente vacía, todo lo vacía que me es permitido, y las voces salen. Las voces salen y los dragones rugen. Los dragones que antes gobernaban mi mente y ahora se hayan dormidos. Que donde antes volaban ahora sólo quedan sus huesos. A veces me pregunto por qué.
Es extraño sentir como tantos aspectos me llaman a la vez y ninguno es capaz de hablar por encima del resto. Tantas aficiones disonantes con un solo nexo de unión en común y no ser capaz de decantarse por una sola.
Las notas de Gareth Coker se me vienen a la cabeza, inundándola y llenándome de paz. Se vienen a mi mente todos los mundos que he vivido y también la lista de los que ya debería haber visitado, tanto los que provienen de juegos como de libros, películas y series. Consumo poco, me digo, y debería consumir más. La lista es amplia y diversa. No hay día en el que no aparezcan nuevos nombres en ella.
Siento que desperdicio mi tiempo. Que desperdicio mis noches. Debería exprimirlas como si cada una de ellas fueran las últimas, como indican esos malditos panfletos motivacionales que no soporto y de los que no me creo nada. Pero la inercia es más fuerte. Quiero cambiarlo, quiero vivir mundos nuevos, beber historias nuevas con las que poder elaborar las mías propias.
El miedo no tarda en apoderarse de mí. Las voces que apuntan al fracaso, que recuerdan las derrotas… El miedo ya no por no lograr, sino por olvidar. Olvidar las aventuras que ya viví, los lugares que ya exploré, las lenguas que hablé. El miedo me paraliza, ese miedo a fallar tan arraigado. Quiero cambiarlo. Pero una vez más, la inercia es más fuerte.
Me separo de la pantalla una noche más para sumirme en los sueños, tan extraños ellos, prometiéndome a mí mismo que el día de mañana cambiaré una vez más mi estrella, como ya lo hice en su día. Mi lobo blanco está de mi lado, lo sé. Tal vez la vena Tuk tome las riendas una vez más. Pero temo que la inercia siga siendo demasiado fuerte.

miércoles, 7 de junio de 2017

Síndrome del Impostor

Hace un par de semanas he vuelto a pintar miniaturas. Siempre digo que mis aficiones son cíclicas: épocas en las que estoy totalmente inmerso en una de ellas para luego dejarla de lado por un tiempo sustituyéndola por otra y volver al cabo de unos años. Vienen y van, pero nunca desaparecen. Pintar miniaturas es uno de esos hobbies a los que me llevo dedicando a intervalos regulares desde que cumplí los trece años. Lo que a priori tienen en común todas mis aficiones, a mis ojos, es el coleccionismo. Libros, miniaturas, videojuegos… me dedico en cuerpo y alma a todas ellas de una forma similar: atesorando enseres para más tarde clasificarlos, ordenarlos y con más frecuencia de la que me gustaría, limitarme a contemplarlos. Por encima de todo, me considero un humilde coleccionista.
Pensándolo bien, y analizándolo de una forma más profunda, existe otro nexo de unión entre todas estas cosas, y es que todas cuentan, a su manera, una historia. Desde los ejemplos más obvios, como las novelas o los videojuegos con un argumento, a historias más concretas y dispares, como cuándo y en qué lugar di con aquella figura o qué me movió a hacerme con ella. Son las historias, tanto la presencia como la ausencia de ellas, lo que mueve mi vida y actúa como motor en mi día a día.
Siempre me han gustado las historias. Siempre he soñado con ellas. Pero un día, decidí que también podía crearlas.
Tenía doce años. Recuerdo que era otoño y que en un correo electrónico de una persona muy querida me retaban a que contase algo. Supongo, desde la perspectiva que tengo ahora, que aquella proposición no dejaba de ser algo más que una broma de las que se dicen sin pensar, pero yo me lo tomé muy a pecho. Recuerdo que me senté delante de aquel ordenador con el claro convencimiento de que iba a contar una historia. Una historia propia.
Eché toda la carne en el asador. Escribí tomando como referencia todo aquello que me venía a la mente y que parecía casar con la situación. Estaba ansioso por plasmar aquello. 
Al final, tuve ante mí un par de páginas escritas que contaban los inicios de las aventuras de un joven héroe. Enseñé aquellas páginas a todo aquel que me prestase atención más de cinco minutos, y poco a poco, con los elogios de algunos y las críticas bienintencionadas de otros, empecé a sumergirme todavía más en ello. Aquellas páginas se alargaron hasta una historia completa que cerré cuatro años más tarde, convirtiéndose en un borrador impreso y encuadernado que a día de hoy, apenas puedo mirarlo sin morirme de vergüenza.
El día que puse el punto y final sentí un sentimiento de satisfacción como pocas otras veces. Pero aquello no duró mucho, y al poco tiempo fue sustituido por un único pensamiento. El de que podía hacerlo mejor.
Así pues, comencé la tarea de revisar aquella historia palabra por palabra. Comencé a hacer anotaciones al margen, añadir párrafos, retirar escenas… Pensé en una continuación, nuevos personajes… Para cuando me quise dar cuenta, el tiempo pasaba y mi punto de vista sobre aquello cambiaba. La idea me seguía pareciendo buena, pero todo lo demás flaqueaba lo vieses por donde lo vieses. Fue la primera vez que me asaltaron verdaderamente las dudas. “Igual no es tan bueno”, “tal vez no merezca la pena”, “¿y si me he equivocado con esto?”.
Desde entonces, escribir se ha convertido en algo recurrente en mi vida. He hecho mis pinitos en un par de sitios y por lo general, parece que a la gente le gusta la forma que tengo de hacerlo, pero para mí, todo son pegas. He intentado retomar el gran proyecto de escribir una novela como mandan los cánones, pero de momento he fracasado estrepitosamente en todas y cada una de ellas. Recuerdo claramente todos y cada uno de los borradores de novela que he comenzado, que curiosamente son el mismo número de ellos que los que por un motivo u otro no he finalizado.
Y no hay día en el que no me pregunte que por qué coño decidí hacer esto y no montar un dichoso bar, como pensé con dieciocho años.
Esto parece tener un nombre, el famoso síndrome del impostor, gracias al cual cada vez que intento escribir algo nuevo paso más de dos horas delante de la hoja en blanco sin tener muy claro por qué extremo debo de sujetar el bolígrafo. Esa sensación en la que todo tu mundo se derrumba y encadenas una crisis existencial tras otra por el mero hecho de no tener claro cómo terminar un diálogo.
Mi vida está llena de dudas, de abismos y obstáculos a los que jamás tendré claro cómo superar. No hay día en el que me despierte que no me pregunte qué va a ser de mí, y empiezo a coger la mala costumbre de no dar nada por sentado. Sólo hay algo que tengo claro. De entre todas mis dudas, de entre todas las sombras, sólo hay una luz clara.
Quiero contar historias. Quiero escribirlas, dejarlas plasmadas en papel y que me sobrepasen en el tiempo. No sé lo que me depara el futuro, pero sólo tengo claro que esta idea no va a desaparecer de mi mente, y que seguiré intentando el escribir algo digno, irremediablemente, hasta que ya no me queden fuerzas para hacerlo nunca más.
Ahora mismo tengo a mi lado el último borrador en el que he estado trabajando, y el sentimiento de fracaso se lleva acosándome desde hace meses. Supongo que ya no me quedan más excusas y no tengo otra salida más que volver a coger el toro por los cuernos.
Aunque todavía estoy a tiempo de montar aquel bar.

miércoles, 4 de mayo de 2016

Extraño

“Mientras estés lejos de tu hogar, siempre serás un extraño”. Las palabras que me dedicó aquel hombre hace ya un tiempo no dejan de perseguirme. Las veo escritas en cada cristal de los escaparates de las tiendas cerradas a una hora temprana, susurradas en cada conversación que no llego a entender por completo, grabadas en cada costumbre nueva que veo cada día… Las siento en cada rostro nuevo que veo, con facciones distintas a las que tenía registradas como cotidianas, en las expresiones que para mí no tienen sentido y en las miradas que a veces me dedica la gente. Sobre todo en las miradas. Esas miradas de desconocimiento, de falta de empatía y en más ocasiones de las que antes era consciente, de desaprobación. Y cada vez que me topo con una de esas miradas, parece que los labios de quien me la dedica se tornan para decir las palabras que me dijo aquel hombre: “mientras estés lejos de tu hogar, siempre serás un extraño”.
En realidad, va más allá. Aquella frase reaparece en mi mente cada vez que hablo, toscamente, en un idioma que no es innato para mí. Se muestran cada vez que cometo un error al hablar, cada vez que mi lengua se enreda con una palabra, cada vez que no sé cómo pronunciar lo que deseo decir a continuación. Y se graban a fuego cada vez que alguien, bien intencionadamente, me excusa alegando que “no soy de aquí”, “no comprendo”, “no voy a entender correctamente a mi interlocutor”, o simplemente remarca las palabras mientras las acompaña con gestos más propios de un mimo que de una conversación al uso y me observa con un denotado y extraño sentimiento de compasión. Supongo que lo peor no son las cosas que dicen, sino las cosas que no dicen, y que quedan reflejadas en las miradas. Sobre todo en las miradas.
Y sin embargo, va todavía más allá. Puesto que aquella frase reaparece en mi mente cada vez que soy consciente de lo rápido que corre el tiempo, y lo que ello conlleva. Y es que sé de buena tinta que cuanto más tiempo esté alejado de lo que la gente considera mi hogar, más extraño seré allí una vez esté de vuelta. Que una vez de vuelta, arrastraré costumbres, expresiones, e incluso manías que en el punto de partida serán miradas con extrañeza y recelo, y que las reacciones del resto harán que me incomode hasta el punto de no sentirme del todo bien recibido. ¿En qué me convierte eso? Hay noches en las que las palabras que me dedicó aquel hombre son recordadas con fuerza dentro de mi mente, y hace que me cuestione si no habré firmado una sentencia en la que me convierte a partir de ahora en un extraño allá a donde vaya.