domingo, 12 de abril de 2009

Simplemente eso

Él la quería.
Era lo único que repetía en su cabeza, una y otra vez. Él la quería, la amaba. Todo lo que hacía lo hacía por ella, él siempre deseaba su bienestar. No había ninguna duda, él nunca le haría daño, sólo trataba de protegerla, simplemente eso.
Pero aquello... Aquello le había hervido la sangre. Nunca se había sentido así, tan humillado, tan herido, tan... tan...
Vació otra cerveza en apenas dos tragos, y lanzó el casco hacia una esquina del salón, donde reposaban algunos otros. Erró el tiro, y la botella de vidrio cayó varios centímetros a la izquierda, tumbándose y rodando sobre su costado. El vidrio describió a la perfección el arco de una circunferencia, hasta detenerse aproximadamente en la mitad de la estancia.
Estiró su brazo hacia atrás, buscando a ciegas otra de las botellas llenas que se encontraban sobre aquella mesa de centro de madera, contra la cual reposaba de mala manera su espalda. Agarró por error una de las muchas cajetillas vacías de cigarros, que soltó con desgana cerca del cenicero volcado. Al segundo intento acertó con la botella. La abrió, y bebió de su contenido.
Se detuvo un momento, y echó un vistazo a la destartalada habitación. Su aspecto era horrible. Soltó una lenta y prolongada maldición al aire, mientras murmuraba el desastre organizado y preguntándose dónde coño estaría metida la otra para no haber limpiado todavía ese estropicio.
Entonces recordó que no estaba, y el sentimiento de culpa volvió a aflorar. Nunca quiso hacer lo que había hecho, perdió el control, él nunca le haría daño, la amaba, no había ninguna duda.
Él la quería, simplemente eso.
Y la echaba de menos. Echaba de menos el olor a lavanda que desprendía tras rociarse ese perfume que tanto le gustaba, echaba de menos el tintineo de sus llaves al abrir la puerta, los buenos días que ella le dedicaba cada mañana...
Inesperadamente, el agudo timbre de la puerta principal sonó, inundando momentáneamente la casa con su escueta melodía. Se extrañó, ya que no esperaba visitas. Quienquiera que fuese podía dar la vuelta y marcharse.
El timbre volvió a bañar la casa durante unos segundos. Él simplemente se mantuvo en silencio, intentando mantener una calma que hacía tiempo que la había perdido.
Otra vez. Bebió nerviosamente otro trago de cerveza. La espuma formada por la brusquedad del movimiento se escurrió por las comisuras de los labios.
El silencio absoluto sólo era interrumpido por su respiración entrecortada y por la contracción de su irritada garganta al permitir tragar líquido con dirección al estómago. Se relajó, y volvió a llevarse la boca de la botella a los labios, aún con cierta inquietud reflejada en sus ojos.
Unos golpes sordos contra la madera de la puerta sustituyeron al timbre. Aquello le pilló tan de sorpresa que la botella salió disparada de su mano al suelo, quebrándose a medio metro de distancia y sembrando el suelo de la habitación de fragmentos de cristales, acompañados por una mancha de cerveza que delataba el lugar del impacto.
El ruido de la botella de vidrio al romperse incitó al autor de los golpes sordos a realizarlos con más fuerza y constancia.
Al delatarle el ruido provocado, cambió de táctica. Se levantó como pudo del suelo, apoyándose en la mesa, volcando varias botellas de las que allí reposaban, y caminó a trompicones hasta la puerta, no a muchos metros de distancia y no sin antes agarrar otra de las cervezas que permanecieron de pie encima de la mesa de madera. A medida que se acercaba vociferó a su interlocutor, al otro lado de la puerta, hasta que se detuvo al estar a un palmo de ésta. Antes de abrirla, le dio un trago a la cerveza, aún sin estrenar, y se recostó sobre ella para tratar de recuperar, sin demasiado éxito, el aliento perdido durante su ruta desde el caótico salón.
Los golpes cesaron de pronto, y pudo escuchar aquel tintineo de llaves tan familiar. Se apartó unos pasos de la puerta, perdiendo por un momento el equilibrio. Reconoció el olor a lavanda al otro lado de la puerta, y de repente se encontró esperanzado.
Era ella, había vuelto.
La puerta se abrió, pero no era ella quien había aguardado en el rellano. Al principio no lo reconoció, pero tras fijarse en su cara, cayó en la cuenta de quien se trataba.
-Tú... -Hacía mucho tiempo desde la última vez que lo había visto.
Entró en el piso sin ningún titubeo, y se plantó delante de él. Se mostraba tranquilo, sereno, mientras jugueteaba con las llaves que llevaba en su mano.
-¿Qué cojones haces tú aquí? ¿Por qué tienes llaves de mi casa? ¡Lárgate antes de que llame a la policía!
-Las llaves me las ha dejado ella, y la policía ya está de camino. Sólo he venido porque mi madre me lo ha pedido.
¿La policía, de camino? Ese niñato apenas había cambiado.
-Estás mintiendo. voy a llamar a la policía, ¡largo de aquí!
-He dicho que la policía ya viene para aquí. -Respondió el visitante. Sus ojos transmitían una frialdad casi indescriptible.
-¡Mientes! -Al tiempo que negó la evidencia, agarró con fuerza a su indeseado huésped por la muñeca de la mano que sostenía las llaves, mientras que continuó lanzando su amenaza: -He dicho que te largues de aquí. ¡Fuera de mi casa!
Su visitante, soltó el llavero, hizo un giro de antebrazo y no sólo logró zafarse de su agresor, sino que fue capaz de agarrarle a él, invirtiéndose los papeles. Le retorció el brazo con más fuerza de la que aplicó él y lo soltó sin mayor preocupación, manteniendo su mirada fría y su rostro sereno. Su padrastro se agarró el brazo herido y retrocedió un poco más, acobardado pese a su alcohol en sangre. Ninguno de los dos percibió el tintineo de las llaves al caerse.
-Las cosas han cambiado, ya no son como antes. Estoy aquí porque mi madre me ha pedido que te diga algo. Ha dicho que se acabó, que nunca más vas a volver a vernos, que no se va a volver a callar delante de ti y de ningún otro y que debió irse el mismo día en que me fui yo.
-Yo... yo la quiero. -Respondió, trabándose al hablar.
-¡La dejaste en coma, hijo de puta! ¡Le diste tal paliza que acabó en coma, ha salido de él casi de milagro hace unas horas! -Rugió, al tiempo que lo agarraba del cuello de la camisa y lo zarandeaba. Pudo percibir aquel olor a lavanda, proveniente del abrigo negro que su hijastro llevaba puesto. Entonces lo vio, aquel abrigo había sido el que había encontrado en el armario de su mujer hace dos días, aquel abrigo demasiado estrecho de espalda y hombros como para que fuera a dárselo a él. Aquel abrigo había sido el causante de todo, el inicio de aquella discusión en la que perdió el control. Ella no lo había engañado, ese abrigo no era para otro, era para su hijo.
El propietario del abrigo también pareció darse cuenta, porque le soltó de la camisa y se mantuvo erguido sin decir o hacer nada más.
Sus rodillas se doblaron, y su altura se vió reducida en aproximadamente medio metro. Soltó por última vez la botella de cerveza de su mano, que se volcó sin llegar a romperse, y comenzó a rodar por el suelo del pasillo. Posó su rostro sobre el suelo y agarró con dificultad las llaves de su compañera, para acto seguido romper a llorar por pura desesperación. Su hijastro se quedó allí, de pie, mirándole en silencio y haciendo esfuerzos para no sentir pena o no compadecerse de él.
Él la quería, simplemente eso.