miércoles, 11 de febrero de 2015

El Humo de la Guerra

Ya había pasado el mediodía cuando Cígar alcanzó a ver el campamento. Se ciñó la capa al cuerpo y siguió caminando, sin hacer esfuerzo alguno por pasar desapercibido ante los oteadores asentados en la zona. Al contrario, se aseguró de que lo viesen acercarse perfectamente. Cuando llegó a estar a escasos metros del núcleo del improvisado fuerte, una flecha surcó el cielo y se clavó de forma certera frente a él, a sus pies. Era, evidentemente, un mensaje de advertencia.
“Cojonudo”, se dijo, “yo también vengo a dejar un mensaje”.
Se detuvo a observar la flecha clavada en el suelo. Mientras, los soldados fueron saliendo poco a poco, armados, hasta que lograron rodearle. No opuso ninguna resistencia. Allí había lo menos un centenar de hombres, la mayoría parecían bandidos indisciplinados cuya única baza consistía en someter a sus rivales por medio de la fuerza bruta.
Cígar alzó la vista al frente y mostró su rostro pálido y afilado a los hombres. Sus ojos verdes eran enmarcados por varios mechones de aquel cabello rubio tan rebelde. Sostenía entre las comisuras de sus labios un cigarrillo de aspecto cochambroso.
-¿Capitán Gálvez? –Pronunció el nombre en alto y de forma clara, pero con tono dubitativo para que el aludido confirmase su presencia. Al oírlo, muchos de los soldados que tenía enfrente se hicieron a un lado para dejar ver a su superior. Gálvez era un tipo fornido, cortado por el mismo patrón que muchos de sus hombres. Era grande y musculoso, daba la sensación de medir dos metros de alto y su espalda era como la de dos hombres juntos. Avanzó entre sus soldados hasta ponerse cara a cara con quien lo había convocado.
-¿Te has perdido, mocoso? –Varios de sus hombres le rieron la gracia. Cígar también sonrió: una sonrisa que no transmitía felicidad alguna. Aquel tipo era una mole, debía de sacarle por lo menos dos cabezas. Fue al grano: no tenía tiempo para juegos.
-Tus hombres y tú saqueasteis la aldea de Valdehueso, hace un par de días. –No era una pregunta.
-Estamos en guerra, jovencito. Nos limitamos a cumplir órdenes del rey. –A Gálvez le sorprendieron aquellas palabras, aunque no le dio excesiva importancia. Seguramente fuese un joven del pueblo que estaba fuera cuando ellos llegaron, y ahora había decidido que no tenía nada que perder y que iba a tomarse la justicia por su mano. Le molestaba haber dejado un cabo suelto, pero a fin de cuentas su importancia era prácticamente nula. ¿Cuántos años podría tener? Siendo generoso, dudaba que alcanzase la veintena.
Lo cierto es que el aspecto de Cígar ocultaba más de lo que decía. Ante cualquiera que lo mirase sin mayor empeño no parecía más que un joven normal y corriente. Pero si alguien se fijase en él, si alguien le prestase la suficiente atención, empezaría a notar que su aspecto era… extraño. Su rostro era afilado y lampiño. No había un solo pelo que diese pistas sobre una posible barba. Y si alguien lo observase detenidamente, si alguien lo examinase exhaustivamente, se daría cuenta de que el color de sus ojos era muy intenso. Excesivamente intenso. Como si fuesen unos ojos demasiado verdes.
-Había mujeres y niños. Estaban indefensos, no suponían una amenaza para nadie. Y los matasteis. –Cígar dio una última calada al resto del cigarrillo, sin dejar de mirar al capitán a los ojos. Su semblante era sereno, e imperturbable.
-Y de ser cierto, ¿qué pretendes hacer ahora?
-He venido a hacértelo pagar. A ti y a tus hombres. –Dijo mientras cogía la colilla entre sus dedos y la apagaba en el suelo bajo una de sus botas. Con su mano izquierda abrió su capa lo suficiente como para dejar ver bajo ella la empuñadura de una espada, que descansaba en su vaina. –Aunque… conozco tu nombre, y entre los míos se cree que eso me da poder sobre ti. ¿Qué te parece si igualamos las tornas y te digo yo el mío?
-Apuesto a que no tiene ni un solo pelo en los huevos. –Dijo uno de los soldados. Muchos lo secundaron, otros tantos se rieron. Gálvez empezó a cansarse de la situación. Aquello era un inútil intento de hacer justicia por parte de un mocoso. No soportaba a los héroes anónimos, era una idea de las mentes ingenuas e ignorantes de la naturaleza del mundo en el que vivían. Decidió que antes de deshacerse de aquel cabo suelto, le daría una lección de cómo era en realidad el mundo.
-¿Quieres saber qué más hicimos aparte de matarlos, niñato? Vamos a hacer lo que yo te diga. Suelta el arma que llevas bajo la capa, y tal vez nos portemos bien contigo.
Los soldados rieron abiertamente. Al parecer iban a tener un pequeño espectáculo antes de despachar a ese idiota. Él por su parte, no hizo ningún movimiento ni pronunció palabra alguna, simplemente esbozó media sonrisa de sorna. Aquella actitud sacaba a Gálvez de sus casillas.
-¿No me has oído? Suelta el arma. Tírala al suelo, vamos muévete. –Cígar obedeció. Depositó su espada, todavía enfundada, a sus pies, y retrocedió un par de pasos. –Y ahora dinos tu dichoso nombre. En alto, que todo el mundo pueda escucharlo.
-Mi nombre… es Cígar. Cígar Skirio.
Aquel nombre no le decía nada al capitán, aunque le resultaba vagamente familiar. ¿Nórdico, tal vez? Tenía la sensación de que lo había escuchado en algún otro sitio. Tal vez fuese el apellido de una familia acomodada de la zona. Le traía sin cuidado.
-Muy bien, Cígar Skirio. Creo recordar que algunos de mis hombres manifestaron tener ciertas dudas sobre tu… virilidad. Lo mejor es que salgamos de dudas. Quítate la ropa. –Cígar levantó una ceja que denotaba cierta incredulidad. Gálvez disfrutó de aquel gesto. -¿Qué sucede, ya no quieres saber qué más le hicimos a aquellas mujeres? ¿Te has quedado sordo de repente? He dicho que te quites la ropa. Desnúdate.
Rodeado como estaba, parecía que no tenía otra alternativa. Sabía que estaba jugando a un juego peligroso, pero se dejó llevar por la situación. Lentamente, Cígar llevó la mano al cuello y soltó el broche de su capa. A continuación, se sacó su camisa de lino por los hombros, sin desabrochar, dejando su torso al descubierto. Era delgado, pero fibroso. Su pálida piel portaba finas cicatrices tanto en hombros como en espalda y pecho. Se detuvo un segundo, pero no terminó ahí: se descalzó, dejando las botas a un lado y desató pantalones y calzones a la vez. Dejó la ropa a un lado, se irguió completamente desnudo y miró a los ojos del capitán sin el menor atisbo de pudor. Gálvez no fue capaz de mantenerle la mirada por mucho tiempo: había algo en él que lo inquietaba. No tenía ni un solo pelo en el cuerpo. Y por más que lo intentaba, no era capaz de mirarle a los ojos. Aquellos ojos de un verde tan intenso. Además, estaba rodeado por sus hombres, desarmado y completamente desnudo, y ni siquiera así parecía mostrar una pizca de inseguridad.
Entonces Cígar empezó a temblar.
-¿Tienes miedo? Tiemblas como un corderito, Cígar Skirio. –Las palabras de Gálvez trataban de mostrar seguridad entre sus hombres, pero seguía notando aquella inquietud. Algunos comenzaron a notarlo, aunque la mayoría estaba demasiado pendiente del espectáculo como para percatarse. Y fue en ese momento cuando un grito ahogado rasgó el aire. Balbuceando, uno de los soldados identificó aquel misterioso nombre y logró dar la voz de alarma.
-¿Ha dicho Cí… Cígar? ¿Cígar Skirio? ¡Por los dioses, oh, por los dioses! ¡Señor, aléjese de él! ¡Es el Humo de la Guerra, capitán! ¡Es uno de los Jinetes del Viento!
Cígar sonrió de oreja a oreja. Le encantaba ese momento, cuando alguien lo reconocía y pronunciaba el sobrenombre que le habían dado en el campo de batalla. Era la señal que estaba esperando para entrar en escena.
El capitán se giró hacia el soldado que había hablado, incrédulo. Lo que había dicho no podía ser cierto. Pero fue demasiado tarde. Los gritos del resto de sus hombres lo alertaron, y para cuando volvió a mirar al frente, aquel tipo desnudo había desaparecido. En su lugar había una criatura de leyenda. Sus escamas doradas brillaban bajo la luz del sol de media tarde, y sus ojos verdes, de un verde sorprendentemente intenso, se posaban sobre él de una forma macabra. Gálvez, encogido de miedo, no era capaz de apartar la vista de aquel monstruo. Era imposible, aquellas bestias no existían, sólo eran cuentos. Pero no había lugar para dudas, aquello era real. Un dragón, tenía ante sí un dragón aterrador. Por los dioses, era como si ese monstruo le estuviese sonriendo. Le vio abrir las fauces y se escuchó un rugido. No era lo que él esperaba, parecía lejano. De hecho todo se escuchaba de repente en susurros, como si sucediese muy lejos de allí. Notó como una gota de agua caliente recorría su mejilla. Todo estaba muy silencioso, le pitaban los oídos. Se llevó la mano a la oreja: era sangre. Y para cuando quiso darse cuenta, estaba envuelto en llamas.

Minutos más tarde, Cígar, ya vestido y envuelto otra vez en su capa, se alejaba de aquel campamento en ruinas y asolado por el fuego. Tras una distancia prudencial, se detuvo un momento y se dio la vuelta para contemplarlo. Una enorme columna de humo surgía de entre los restos calcinados del lugar. No quedaban supervivientes, pero cualquiera que se acercase sabría de sobra quién había sido el causante de aquel incendio.
Cígar Skirio, el Humo de la Guerra.
Siguió caminando, y sonrió. Le encantaba aquel apodo.

martes, 3 de febrero de 2015

Despedida

Esta es una carta de despedida. Por todas esas cosas que tal vez debí decir en algún momento y no pude, o no quise.
Tú siempre quisiste que te acompañase en tus viajes, en tus aventuras... yo sólo soñaba con poder estar a tu lado. Sabía que tarde o temprano te cansarías de mí, de tener que esperar por alguien que no podía moverse solo. Porque estaba claro que era algo a lo que no podrías renunciar jamás.
Yo tenía la esperanza de ser más rápido, que tu paciencia conmigo durase lo suficiente como para poder librarme de estas cadenas, que todavía hoy tengo, y poder darte alcance. Pero no fue así. Fui demasiado lento, igual que en mis peores sueños, y al final se cumplió. Se cumplió, y en parte no te culpo.
Aunque por otro lado, sí. Te culpo por no ser capaz de ponerte en mi lugar, aun tan extraño y díficil de entender para ti. Siempre me preguntabas que cuándo iba a crecer y a abandonar el nido, y yo no paraba de pensar que cuándo crecerías tú para comprender que mi nido me necesitaba cerca, puesto que al final, es lo único que nos queda. Aunque ya no sirve de nada, me gustaría que pese a todo, llegases a entenderlo algún día.
No te deseo mal, puesto que mis sentimientos hacia ti no han cambiado, y difícilmente lo harán. Se enfriarán, te olvidaré, al menos de puertas para fuera, pero siempre estarás ahí, de una manera o de otra.
Sé que esta vez es el final, estoy seguro de ello. Esta es mi carta de despedida. Por todas esas cosas que tal vez debí decirte, pero que terminé callándome, y que pese a todo, ya conocías. Una carta de despedida para ti, pero también para mí. Sobre todo para mí.
Te echaré de menos. Sé feliz.

D.