sábado, 12 de marzo de 2016

Crepecelo

El peludo monstruo vestido con una gabardina dio los buenos días, quitándose el sombrero con un elegante movimiento de muñeca al entrar en aquella pequeña y destartalada tienda. Tras el mostrador, un hombrecillo pequeño y de calvicie incipiente lo miraba con extrañeza a través de sus pequeñas gafas de montura cuadrada. Tragó saliva, mientras escuchaba el tintineo de toda su mercancía y empezó a temer que aquel fuera el fin de su negocio. Jamás había tenido un cliente tan grande. El recién llegado rozaba el techo con la cabeza y nada más entrar ya había tenido que esquivar la primera de las viejas bombillas que colgaban de la sala. El local era poco más que una habitación angosta escoltada a los lados por innumerables estanterías tan altas que parecían no tener fin. Botellas, relojes, jarrones, libros... En algún lugar se escuchaba el piar de un pájaro, ¿tal vez un gorrión? Todo aquello creaba la sensación de estar en el estrecho pasillo de la sección de objetos perdidos de algún lugar. Y a juzgar por el número y la variedad de cachivaches que había, en este caso se trataba de toda la ciudad.
—Buenos días, busco un método para fortalecer el cabello y detener mi calvicie —solicitó el monstruo al alcanzar el mostrador.
—Pero si usted cuenta con una frondosa melena —inquirió el dependiente. El monstruo, cubierto de pelo, se aclaró la garganta y añadió con un cierto temblor en su voz mientras se abrochaba aún más la gabardina.
—No es para... el pelo de mi cabeza.
—Entiendo.
El hombrecillo se retiró por unos momentos a la trastienda. Desde el mostrador sólo podían escucharse una tos ruidosa, objetos cayendo al suelo seguidos por el inconfundible sonido de cristales rotos y un par de palabras ofensivas. Al cabo de unos minutos, el vendedor volvió a aparecer tras el mostrador, cargando un pequeño frasco transparente. En su interior, podía verse un extraño líquido de color morado.
—Esto puede solucionar sus problemas capilares.
—¿Qué es?
—Un bálsamo contra la caída del cabello. Se conoce como "crepecelo".
El melenudo monstruo cogió con sus enormes manos aquel pequeño frasco de crepecelo y lo examinó con sumo cuidado. El líquido del interior del frasco se tambaleaba en su interior sin que él lo moviese, y burbujeaba pese a que el recipiente estaba frío al tacto.
—¿Qué precio tiene?
—Dos monedas de plata, o bien un artículo de un valor equivalente, si está dispuesto a realizar un trueque.
El monstruo se mesó la barbilla pensativamente, y después rebuscó en uno de los bolsillos de su gabardina. Posó sobre el mostrador un pedazo de carbón y miró al dependiente sin pronunciar palabra. El dependiente miró primero a la piedra que reposaba sobre el mostrador, y luego a los ojos del monstruo, y dijo...

—Simone

Dijo...

—¡Simone!
La niña llamada Simone reaccionó. La tienda de curiosidades y empeños se había desvanecido. También el monstruo peludo con su gabardina, y el hombrecillo de la tienda. Trató por un segundo intentar recuperarlo del interior de su mente, pero fue en vano. Las ideas y los recuerdos de aquel lugar se deshacían cada vez que intentaba volver a construirlo, como si fuese un castillo de arena que los granos que lo forman comienzan a secarse y a perder cohesión. Volvía a estar en el colegio, y su profesor la observaba mientras repetía la pregunta.
—Simone, no estabas prestándome atención, ¿verdad?
La niña miró hacia su pupitre y no respondió a la pregunta. Notaba como todas las miradas se posaban sobre ella y como su rostro empezaba a enrojecerse.
—Tenéis que empezar a dejar aparcadas todas esas distracciones si queréis llegar a hacer algo de provecho en vuestra vida cuando seáis adultos —suspiró el profesor con resignación mientras continuaba con su clase.
Simone también suspiró con resignación. Parecía que todo estaba en su contra para mantener su imaginación consigo cuando creciese. Todas las personas mayores resultaban igual de serias, incapaces de ver nada más allá de que lo que tuvieran frente a sus narices. Algunos niños comenzaban a comportarse igual que los adultos. Todo indicaba que estaba destinada a acabar tarde o temprano como el resto. Que estaba destinada a llevar una vida... aburrida. Miró de reojo por la ventana del aula y observó a un pequeño gorrión posado en el alféizar. Éste se giró hacia el cristal de la ventana y miró directamente a la niña. Entonces el pájaro habló:
—Tal vez el problema es que todos ha dejado de poder ver todas estas cosas que tú si puedes. Quizá tengas que conservar este don para poder mostrárselo al resto del mundo. ¿Qué me dices?
El gorrión rebuscó bajo una de sus alas y sacó un frasco de cristal que contenía un líquido morado. Simone sonrió con todas sus fuerzas. El castillo de arena volvía a reconstruirse.

miércoles, 10 de febrero de 2016

Desde que teníamos conciencia

Anoche volvimos a vernos. Resultó ser un día como otro cualquiera, sin avisos, sin señales. Simplemente apareció frente a mí en mitad de un nevado bosque, como tantas otras veces. Su apariencia no había cambiado un ápice: su pelo, blanco como la nieve, y cubierto de escarcha en algunos mechones dispersos, enmarcaba su rostro frío y sereno. Sus ojos, formando aquella mirada tan extraña e hipnótica, me observaban como si no hubiese pasado el tiempo desde nuestro último encuentro cara a cara. Con ese gesto que siempre incitaba a pensar que podía ver más allá de lo que parecía alcanzar a simple vista. Como si pudiese ver la verdadera esencia de las cosas.
Nos miramos con curiosidad, inspeccionándonos mutuamente, mientras avanzábamos lentamente el uno hacia el otro. Parecía que nos estuviéramos redescubriendo mutuamente después de tanto tiempo. Y entonces nos tocamos, y pudimos ver en el interior de cada uno nuestras nuevas cicatrices.
Había cambiado. Ambos lo habíamos hecho, puesto que nada permanece inmóvil por mucho tiempo, y que el hecho de estar vivos implica cambiar y crecer constantemente. Y los dos habíamos cambiado, habíamos crecido, como llevábamos haciéndolo desde que teníamos conciencia.
Durante un tiempo llegué a creer que me había abandonado, pero ahora me doy cuenta de que quizá fui yo quien casi lo abandona. Y a consecuencia de ello, quien casi se abandona a sí mismo.
Desde anoche mis botas vuelven a pisar con fuerza. Desde anoche mis ojos vuelven a ver más allá de lo que parecen alcanzar a simple vista. Pues mi lobo camina y observa el mundo conmigo una vez más, como llevábamos haciéndolo desde que teníamos conciencia.

jueves, 14 de mayo de 2015

Pura energía

Se dice que las fimias son pura energía: pedazos de magia que toman apariencia material y se dedican a recorrer los caminos. Pequeñas y luminosas como estrellas en la lejanía, las fimias mantienen una conexión extraña con el mundo, lo que les otorga cualidades que muchas veces desafían al entendimiento lógico. Situadas en la frontera que separa el mundo material de las brumas de los espíritus, los pocos eruditos que dedican sus vidas a intentar estudiarlas y comprenderlas no terminan de ponerse de acuerdo en cómo deberían clasificarse. Ni siquiera el mero hecho de conocer su llegada y salida del mundo tiene una solución clara: nadie ha visto nunca a una fimia nacer o morir, simplemente aparecen y desaparecen ante los ojos de la gente con la simpleza que muchas veces conlleva una profunda complejidad ignorada.
Existe una creencia que afirma que las fimias responden de forma enérgica ante los sentimientos más fuertes que emanan de los seres vivos, y que las muestras de amor o de odio podrían llegar a alterarlas gravemente, y más aún a sus hermanas mayores, las todavía más misteriosas y olvidadas altas fimias. Es por ello que desde hace mucho se advierte de los riesgos de atraer a las fimias con ese tipo de emociones, aunque aún así, las fimias apenas muestran perseverancia, y por eso sus encuentros con personas no resultan peligrosos; tan pronto como surgen, se esfuman. Ninguna fimia ha tenido jamás contacto directo ni continuado con algún hombre o mujer.
Excepto una. Una alta fimia realmente especial. Una que, a diferencia del resto, poseía un nombre. Una alta fimia que rompió una regla por la que todo el mundo la recordaría para siempre: enamorarse de un ser mortal. Y ella es la protagonista de esta historia...

lunes, 13 de abril de 2015

Alcanzar el cielo con los dedos

Lloró. Lloró con todas sus fuerzas, como no lo había hecho en mucho tiempo. Lloró por él, por ella. Lloró por todos los que lo habían abandonado en aquel camino tan traicionero, por todos con los que comenzó el viaje y por un motivo u otro tuvieron que abandonarlo. Lloró por su debilidad, por esa sensación de desamparo que lo asolaba constantemente y que le impedía levantarse y encajar los golpes como era debido. Pero también acabó llorando por aquellos que creían en él y a los que consideraba que había defraudado, por todos aquellos que pese a todo, pese a verle caer y revolcarse en el barro, habían seguido apostando por él, afirmando sin temor a equivocarse que tarde o temprano volvería a estar en pie. Lloró por todos aquellos que pese a verlo en el fondo, con el alma destrozada, seguían pensando que tenían ante sí a una persona grandiosa, capaz de mantener la entereza en las peores situaciones y que tarde o temprano acabaría por hacer historia. Lloró todas sus penas y por toda la gente a la que había decepcionado, hasta darse cuenta de que únicamente había fallado a una persona, que no era otro más que a sí mismo.
Ellos ya no estaban allí. Se habían ido, para siempre, y eso no podría cambiarlo nadie. Pero seguían a su lado, de alguna forma: podía sentirlos en el aire que respiraba y en el suelo que pisaba; y ante él se hallaba el mundo entero y no podía permitir dejar a estas alturas el camino a medio hacer. Seguiría adelante, seguro de que algún día, alcanzaría su objetivo. Él, que venía desde el lugar más profundo y hundido de la tierra, algún día alcanzaría a tocar el cielo con la punta de sus dedos, tal y como muchos ya dijeron.
Y cuando lo vio claro, cuando se dio cuenta de que nadie lo había dejado por imposible, siguió llorando, pero esta vez las lágrimas no fueron amargas. Lloró por todos ellos, por aquellos a los que pese a todo seguían a su lado, por aquellos que lo habían abandonado en aquel camino tan traicionero pero que hasta sus últimos días le dedicaron su amor, sus mejores sonrisas incluso en los peores momentos. Se levantó, y mientras se enjuagaba las lágrimas que aún persistían en sus profundos ojos azules, se permitió sollozar una última vez: se forzó a llorar como nunca para no tener que volver a hacerlo jamás.