lunes, 13 de enero de 2014

Mi lobo blanco

Dicen que las noches son mágicas, ¿sabes? Hay algo en ellas, algo que las hace extrañas, atrayentes. Especiales. Es en esas noches cuando mi mente se evade de lo que acontece a su alrededor y logra que todo tenga un sentido diferente. ¿Sabes por qué considero que la relación que tenemos es tan extraña y a la par especial? La razón de ello es que me recuerdas a mí. A mí hace unos años, cuando todo lo que me rodeaba era mucho más frustrante, cuando parecía que en el futuro no había nada claro... Es evidente que no somos iguales, pero cuando me cuentas tus problemas, me recuerdan a los míos. Tampoco son los mismos pero su esencia sí es la misma y el sentimiento que provoca, muy parecido. Y los ojos azules... Definitivamente los ojos azules tienen algo que ver en todo esto.
A veces mirándote a ti me veo a mí. Es extraño. Me pregunto qué opinión tendrás de mí, de forma sincera. Me pregunto qué tendremos realmente en común. Si tú también notas que hay noches que son mágicas, que tienen algo en el ambiente que las hace distintas. Especiales. Noches en las que sueñas con tu animal. Como me sucede a mí con mi lobo blanco. Últimamente apenas noto su presencia, pero hace un tiempo hasta se me aparecía en sueños. Antes lo notaba caminando conmigo allá a donde fuese, en mi interior. Ahora es como si estuviera dormido. Sólo espero que no me haya abandonado. 
Me pregunto si tú tendrás un animal que camina contigo, y cual será. Me pregunto si te visitará en sueños y si ves en él la fuerza que muchas veces necesitas pero no sabes de dónde sacar. 
Y de ser así, sólo espero que jamás tengas la sensación de que te haya abandonado.

lunes, 6 de enero de 2014

Fimias

Se dice que las fimias son pura energía: retazos de magia que toman forma corpórea y se dedican a vagar por el mundo. Pequeñas y luminosas como luciérnagas inquietas, las fimias deambulan por los rincones en los que rebosa la vida, por eso su lugar favorito son los bosques durante la primavera y el verano. ¿A dónde van en otoño y dónde se refugian en invierno? Nadie lo sabe. Tal vez se esconden en el mismo lugar que lo hacen las mariposas, bien bajo el tronco de un árbol seco que capea una tormenta, o bien migran hacia lugares lejanos y más cálidos como se les ha visto hacer a algunas aves. La verdad, nadie la conoce. Lo que sí se sabe es que las fimias están asociadas a la presencia de vida. Cuando un pueblo se instala demasiado próximo a las fronteras de un bosque, tarde o temprano las fimias acaban entrando en las casas, revoloteando en los lugares que haya más actividad. La gente acostumbrada a su presencia ha aprendido a ignorarlas, a pesar de que algunas veces pueden llegar a ser verdaderamente molestas.
En ocasiones, una fimia es mucho más grande que el resto de sus compañeras, llegando a tener un tamaño abismal (un palmo de alto, aproximadamente). Hablamos entonces de una alta fimia, un ser que es capaz de entender el lenguaje humano y que tiene consciencia de sí mismo y capacidad de comunicarse. Las altas fimias pueden adoptar diversas formas, aunque las más comunes suelen ser las de mujeres en miniatura o duendecillos. Las más creativas optan por otras formas, e incluso las mezclan dando como resultado aspectos inverosímiles. Son seres más extraños que sus primas las fimias: hoy en día, ya resulta raro toparse con alguna fimia aunque uno permanezca durante semanas en el corazón de un bosque, y las altas fimias ya se recuerdan únicamente por viejas canciones. Son realmente curiosas, sobre todo con los seres que tienen raciocinio, aunque apenas muestran perseverancia. Tan pronto como una alta fimia viene, se va.
Excepto una. Una alta fimia realmente especial. Una que, a diferencia del resto, poseía un nombre. Y ella es la protagonista de esta historia...

miércoles, 24 de octubre de 2012

Sobre los aullidos en las noches de luna llena

Hace mucho tiempo, cuando el mundo todavía era desconocido y salvaje para las criaturas que lo habitaban, hubo dos pueblos que compartieron las tierras al pie de estas montañas. Aunque distintos, durante generaciones coexistieron pacíficamente.
Llegó un día en el que un joven de una de las aldeas se topó, a la orilla del río que nacía de aquellos picos cercanos, con una chiquilla del poblado vecino. Quién sabe si fue en ese primer encuentro cuando las vidas de ambos quedaron unidas. Apenas importa. Lo único que cuenta es que el destino de ambos quedó sellado.
Con el tiempo, los encuentros entre aquellos jóvenes fueron cada vez más frecuentes, más duraderos…  Al poco ambos quedaron prendados el uno del otro y se volvieron inseparables. Fue una época feliz para todos, también para las gentes de ambas villas, pero sobre todo para los dos jóvenes enamorados.
Sin embargo, llegó un día en el que los recursos de esas tierras comenzaban a escasear. Los inviernos eran cada vez más crudos, la caza escaseaba y las malas cosechas se encadenaban una tras otra. Las dos aldeas comprendieron que para poder sobrevivir debían abandonar aquel lugar. Pero a pesar de compartir el problema, ambos pueblos tomaron diferentes medidas para abordarlo: el de la joven optó por viajar al noreste, con la esperanza de encontrar un nuevo hogar al otro lado de las cumbres nevadas, mientras que el del muchacho decidió avanzar hacia el sur, seguro de que podría asentarse en el verde valle que allí reposaba. Los habitantes de ambos se desearon lo mejor unos a otros, y tras la despedida, partieron, cada uno en una dirección distinta.
No todos aceptaron de buena gana el tener que abandonar aquellas tierras. Los dos jóvenes tuvieron que ser arrastrados por sus respectivas familias en el momento de la partida, ya que ambos se resistían a irse y aunque a todos les entristecía, ¿qué otra cosa podían hacer?
El muchacho fue más tenaz que la chica, y a los tres días de viaje hacia el sur, logró separarse del resto de su pueblo, en una noche en la que el cielo estaba sembrado de estrellas, la luna llena brillaba con fuerza y todos los demás dormían. Desfallecido, se detuvo a recuperar el aliento en el lugar en el que poco tiempo atrás, había sido su hogar. Y alzando la vista, observó a la luna en todo su esplendor, y se atrevió a hacer algo que muchos de los ancianos de su aldea jamás se atreverían siquiera a soñar. Sacando fuerzas de donde no las había, se arrodilló y sin dejar de apartar la mirada del cielo, le suplicó a la luna que le ayudase.
Y contra todo pronóstico, la luna lo escuchó, y le dio una respuesta: “¿Tanto amas a esa persona? ¿Renunciarías a tu libertad por ella? Sé mi siervo, ahora y por siempre y te ayudaré. Te daré la fuerza y el poder para encontrarla”.
El joven accedió al instante, jurándole servidumbre a la luna, y ésta, con su pálida luz, lo bañó en ella y le otorgó su don. El muchacho había caído de rodillas, y fue la bestia quien se levantó en su lugar, ya que el hombre dio paso a un lobo enorme y descomunal… pues ese fue el don que la luna le entregó. Convertido en aquella criatura, mitad terrenal y mitad divina, emprendió su frenética carrera en busca de su amada.
Rastreó su olor, una pista que ahora se mostraba clara y evidente, atravesando las faldas de las montañas, corriendo sin descanso, hasta que al final dio con ella.
Pero lo que le aguardaba era algo para lo que el joven lobo no estaba preparado.
Al verlo, la joven enmudeció de puro terror, ya que jamás podría, ni pudo, reconocer los ojos de su amado en aquel rostro. Él trató de hablar, de explicarle quién era, pero de sus fauces sólo se escapó un ronco sonido que lejos estaba de ser palabras entendibles. No tardaron el resto de las gentes en acudir armados con antorchas y estacas, por lo que el muchacho, ahora lobo, no tuvo más remedio que batirse en retirada hasta resguardarse en las montañas, tras emitir otro gruñido de lástima. Y cuando tendido sobre un claro su alma yacía rota en pedazos, volvió a escuchar la voz de la luna, que decía: “Yo he cumplido mi parte del pacto, y ahora te corresponde a ti cumplir con la tuya. Sé mi emisario y mi voz en estas tierras y tómalas bajo tu dominio en mi nombre para toda la eternidad”. 
El gran lobo, que ya nunca más hombre, se vio atado a su juramento y lo cumplió, conquistando esas tierras y siendo su soberano y guardián hasta el fin de los tiempos. Hace mucho que las gentes de su propia aldea olvidaron su nombre, y ahora se le conoce por el antiguo nombre con el que los dioses llamaban a sus elegidos. Él mismo olvidó su vida pasada, pero nunca pudo olvidar el amor que lo hizo encadenarse a aquel servicio eterno. Y dicen, que todavía hoy, en las noches de luna llena, en esas montañas del norte se escuchan los terribles aullidos del lobo, rogándole a la luna una segunda oportunidad para abandonar esas montañas y poder recuperar a su amada.

lunes, 4 de junio de 2012

Estupidez

¿Puede la sabiduría estar reflejada de alguna forma en las acciones consideradas incorrectas y que se producen deliberadamente, una y otra vez? ¿Acaso esta actitud rebelde sólo se trata de un acto que demuestra una profunda ignorancia, o encierra algo más? Dicen que de los errores se aprende, ¿pero esto incluye también a esas respuestas estúpidas y sobre todo insensatas que podrían evitarse? ¿Puede llegar a enriquecernos de alguna forma esa sensación de estar nadando a contracorriente, o sólo es una reacción ridícula e infantil?
Un cúmulo de preguntas que tal vez sean el primer paso hacia una visión distinta de la vida, o que por el contrario no sean más que una forma de justificarnos a nosotros mismos frente a nuestros errores más torpes y evidentes.