¿Qué pretendes con esa espada?
No eres un héroe, ¿aún no lo sabes?
Abre los ojos, no tienes alas;
las perdiste por ella, ¿sabes?
Aún así, no tires la toalla,
no dejes que llore sola,
no permitas que se vaya,
no lo dejes en punto y coma;
Al asunto quítale hierro,
haz algo más que hacerte el muerto
¿Acaso no eres su perro?
¡Prótégela con tu vida!
Es el miedo quien te domina,
quien logra que tiembles de ira.
Aunque sea muy testaruda,
al fin y al cabo tú la quieres
como si tu hermana fuera,
y no dejarás que muera
esa sonrisa tan suya.
miércoles, 3 de junio de 2009
domingo, 12 de abril de 2009
Simplemente eso
Él la quería.
Era lo único que repetía en su cabeza, una y otra vez. Él la quería, la amaba. Todo lo que hacía lo hacía por ella, él siempre deseaba su bienestar. No había ninguna duda, él nunca le haría daño, sólo trataba de protegerla, simplemente eso.
Pero aquello... Aquello le había hervido la sangre. Nunca se había sentido así, tan humillado, tan herido, tan... tan...
Vació otra cerveza en apenas dos tragos, y lanzó el casco hacia una esquina del salón, donde reposaban algunos otros. Erró el tiro, y la botella de vidrio cayó varios centímetros a la izquierda, tumbándose y rodando sobre su costado. El vidrio describió a la perfección el arco de una circunferencia, hasta detenerse aproximadamente en la mitad de la estancia.
Estiró su brazo hacia atrás, buscando a ciegas otra de las botellas llenas que se encontraban sobre aquella mesa de centro de madera, contra la cual reposaba de mala manera su espalda. Agarró por error una de las muchas cajetillas vacías de cigarros, que soltó con desgana cerca del cenicero volcado. Al segundo intento acertó con la botella. La abrió, y bebió de su contenido.
Se detuvo un momento, y echó un vistazo a la destartalada habitación. Su aspecto era horrible. Soltó una lenta y prolongada maldición al aire, mientras murmuraba el desastre organizado y preguntándose dónde coño estaría metida la otra para no haber limpiado todavía ese estropicio.
Entonces recordó que no estaba, y el sentimiento de culpa volvió a aflorar. Nunca quiso hacer lo que había hecho, perdió el control, él nunca le haría daño, la amaba, no había ninguna duda.
Él la quería, simplemente eso.
Y la echaba de menos. Echaba de menos el olor a lavanda que desprendía tras rociarse ese perfume que tanto le gustaba, echaba de menos el tintineo de sus llaves al abrir la puerta, los buenos días que ella le dedicaba cada mañana...
Inesperadamente, el agudo timbre de la puerta principal sonó, inundando momentáneamente la casa con su escueta melodía. Se extrañó, ya que no esperaba visitas. Quienquiera que fuese podía dar la vuelta y marcharse.
El timbre volvió a bañar la casa durante unos segundos. Él simplemente se mantuvo en silencio, intentando mantener una calma que hacía tiempo que la había perdido.
Otra vez. Bebió nerviosamente otro trago de cerveza. La espuma formada por la brusquedad del movimiento se escurrió por las comisuras de los labios.
El silencio absoluto sólo era interrumpido por su respiración entrecortada y por la contracción de su irritada garganta al permitir tragar líquido con dirección al estómago. Se relajó, y volvió a llevarse la boca de la botella a los labios, aún con cierta inquietud reflejada en sus ojos.
Unos golpes sordos contra la madera de la puerta sustituyeron al timbre. Aquello le pilló tan de sorpresa que la botella salió disparada de su mano al suelo, quebrándose a medio metro de distancia y sembrando el suelo de la habitación de fragmentos de cristales, acompañados por una mancha de cerveza que delataba el lugar del impacto.
El ruido de la botella de vidrio al romperse incitó al autor de los golpes sordos a realizarlos con más fuerza y constancia.
Al delatarle el ruido provocado, cambió de táctica. Se levantó como pudo del suelo, apoyándose en la mesa, volcando varias botellas de las que allí reposaban, y caminó a trompicones hasta la puerta, no a muchos metros de distancia y no sin antes agarrar otra de las cervezas que permanecieron de pie encima de la mesa de madera. A medida que se acercaba vociferó a su interlocutor, al otro lado de la puerta, hasta que se detuvo al estar a un palmo de ésta. Antes de abrirla, le dio un trago a la cerveza, aún sin estrenar, y se recostó sobre ella para tratar de recuperar, sin demasiado éxito, el aliento perdido durante su ruta desde el caótico salón.
Los golpes cesaron de pronto, y pudo escuchar aquel tintineo de llaves tan familiar. Se apartó unos pasos de la puerta, perdiendo por un momento el equilibrio. Reconoció el olor a lavanda al otro lado de la puerta, y de repente se encontró esperanzado.
Era ella, había vuelto.
La puerta se abrió, pero no era ella quien había aguardado en el rellano. Al principio no lo reconoció, pero tras fijarse en su cara, cayó en la cuenta de quien se trataba.
—Tú... —Hacía mucho tiempo desde la última vez que lo había visto.
Entró en el piso sin ningún titubeo, y se plantó delante de él. Se mostraba tranquilo, sereno, mientras jugueteaba con las llaves que llevaba en su mano.
—¿Qué cojones haces tú aquí? ¿Por qué tienes llaves de mi casa? ¡Lárgate antes de que llame a la policía!
—Las llaves me las ha dejado ella, y la policía ya está de camino. Sólo he venido porque mi madre me lo ha pedido.
¿La policía, de camino? Ese niñato apenas había cambiado.
—Estás mintiendo. voy a llamar a la policía, ¡largo de aquí!
—He dicho que la policía ya viene para aquí —respondió el visitante. Sus ojos transmitían una frialdad casi indescriptible.
—¡Mientes! —Al tiempo que negó la evidencia, agarró con fuerza a su indeseado huésped por la muñeca de la mano que sostenía las llaves, mientras que continuó lanzando su amenaza—: He dicho que te largues de aquí. ¡Fuera de mi casa!
Su visitante, soltó el llavero, hizo un giro de antebrazo y no sólo logró zafarse de su agresor, sino que fue capaz de agarrarle a él, invirtiéndose los papeles. Le retorció el brazo con más fuerza de la que aplicó él y lo soltó sin mayor preocupación, manteniendo su mirada fría y su rostro sereno. Su padrastro se agarró el brazo herido y retrocedió un poco más, acobardado pese a su alcohol en sangre. Ninguno de los dos percibió el tintineo de las llaves al caerse.
—Las cosas han cambiado, ya no son como antes. Estoy aquí porque mi madre me ha pedido que te diga algo. Ha dicho que se acabó, que nunca más vas a volver a vernos, que no se va a volver a callar delante de ti y de ningún otro y que debió irse el mismo día en que me fui yo.
—Yo... yo la quiero —respondió, trabándose al hablar.
—¡La dejaste en coma, hijo de puta! ¡Le diste tal paliza que acabó en coma, ha salido de él casi de milagro hace unas horas! —Rugió, al tiempo que lo agarraba del cuello de la camisa y lo zarandeaba. Pudo percibir aquel olor a lavanda, proveniente del abrigo negro que su hijastro llevaba puesto. Entonces lo vio, aquel abrigo había sido el que había encontrado en el armario de su mujer hace dos días, aquel abrigo demasiado estrecho de espalda y hombros como para que fuera a dárselo a él. Aquel abrigo había sido el causante de todo, el inicio de aquella discusión en la que perdió el control. Ella no lo había engañado, ese abrigo no era para otro, era para su hijo.
El propietario del abrigo también pareció darse cuenta, porque le soltó de la camisa y se mantuvo erguido sin decir o hacer nada más.
Sus rodillas se doblaron, y su altura se vió reducida en aproximadamente medio metro. Soltó por última vez la botella de cerveza de su mano, que se volcó sin llegar a romperse, y comenzó a rodar por el suelo del pasillo. Posó su rostro sobre el suelo y agarró con dificultad las llaves de su compañera, para acto seguido romper a llorar por pura desesperación. Su hijastro se quedó allí, de pie, mirándole en silencio y haciendo esfuerzos para no sentir pena o no compadecerse de él.
Él la quería, simplemente eso.
Era lo único que repetía en su cabeza, una y otra vez. Él la quería, la amaba. Todo lo que hacía lo hacía por ella, él siempre deseaba su bienestar. No había ninguna duda, él nunca le haría daño, sólo trataba de protegerla, simplemente eso.
Pero aquello... Aquello le había hervido la sangre. Nunca se había sentido así, tan humillado, tan herido, tan... tan...
Vació otra cerveza en apenas dos tragos, y lanzó el casco hacia una esquina del salón, donde reposaban algunos otros. Erró el tiro, y la botella de vidrio cayó varios centímetros a la izquierda, tumbándose y rodando sobre su costado. El vidrio describió a la perfección el arco de una circunferencia, hasta detenerse aproximadamente en la mitad de la estancia.
Estiró su brazo hacia atrás, buscando a ciegas otra de las botellas llenas que se encontraban sobre aquella mesa de centro de madera, contra la cual reposaba de mala manera su espalda. Agarró por error una de las muchas cajetillas vacías de cigarros, que soltó con desgana cerca del cenicero volcado. Al segundo intento acertó con la botella. La abrió, y bebió de su contenido.
Se detuvo un momento, y echó un vistazo a la destartalada habitación. Su aspecto era horrible. Soltó una lenta y prolongada maldición al aire, mientras murmuraba el desastre organizado y preguntándose dónde coño estaría metida la otra para no haber limpiado todavía ese estropicio.
Entonces recordó que no estaba, y el sentimiento de culpa volvió a aflorar. Nunca quiso hacer lo que había hecho, perdió el control, él nunca le haría daño, la amaba, no había ninguna duda.
Él la quería, simplemente eso.
Y la echaba de menos. Echaba de menos el olor a lavanda que desprendía tras rociarse ese perfume que tanto le gustaba, echaba de menos el tintineo de sus llaves al abrir la puerta, los buenos días que ella le dedicaba cada mañana...
Inesperadamente, el agudo timbre de la puerta principal sonó, inundando momentáneamente la casa con su escueta melodía. Se extrañó, ya que no esperaba visitas. Quienquiera que fuese podía dar la vuelta y marcharse.
El timbre volvió a bañar la casa durante unos segundos. Él simplemente se mantuvo en silencio, intentando mantener una calma que hacía tiempo que la había perdido.
Otra vez. Bebió nerviosamente otro trago de cerveza. La espuma formada por la brusquedad del movimiento se escurrió por las comisuras de los labios.
El silencio absoluto sólo era interrumpido por su respiración entrecortada y por la contracción de su irritada garganta al permitir tragar líquido con dirección al estómago. Se relajó, y volvió a llevarse la boca de la botella a los labios, aún con cierta inquietud reflejada en sus ojos.
Unos golpes sordos contra la madera de la puerta sustituyeron al timbre. Aquello le pilló tan de sorpresa que la botella salió disparada de su mano al suelo, quebrándose a medio metro de distancia y sembrando el suelo de la habitación de fragmentos de cristales, acompañados por una mancha de cerveza que delataba el lugar del impacto.
El ruido de la botella de vidrio al romperse incitó al autor de los golpes sordos a realizarlos con más fuerza y constancia.
Al delatarle el ruido provocado, cambió de táctica. Se levantó como pudo del suelo, apoyándose en la mesa, volcando varias botellas de las que allí reposaban, y caminó a trompicones hasta la puerta, no a muchos metros de distancia y no sin antes agarrar otra de las cervezas que permanecieron de pie encima de la mesa de madera. A medida que se acercaba vociferó a su interlocutor, al otro lado de la puerta, hasta que se detuvo al estar a un palmo de ésta. Antes de abrirla, le dio un trago a la cerveza, aún sin estrenar, y se recostó sobre ella para tratar de recuperar, sin demasiado éxito, el aliento perdido durante su ruta desde el caótico salón.
Los golpes cesaron de pronto, y pudo escuchar aquel tintineo de llaves tan familiar. Se apartó unos pasos de la puerta, perdiendo por un momento el equilibrio. Reconoció el olor a lavanda al otro lado de la puerta, y de repente se encontró esperanzado.
Era ella, había vuelto.
La puerta se abrió, pero no era ella quien había aguardado en el rellano. Al principio no lo reconoció, pero tras fijarse en su cara, cayó en la cuenta de quien se trataba.
—Tú... —Hacía mucho tiempo desde la última vez que lo había visto.
Entró en el piso sin ningún titubeo, y se plantó delante de él. Se mostraba tranquilo, sereno, mientras jugueteaba con las llaves que llevaba en su mano.
—¿Qué cojones haces tú aquí? ¿Por qué tienes llaves de mi casa? ¡Lárgate antes de que llame a la policía!
—Las llaves me las ha dejado ella, y la policía ya está de camino. Sólo he venido porque mi madre me lo ha pedido.
¿La policía, de camino? Ese niñato apenas había cambiado.
—Estás mintiendo. voy a llamar a la policía, ¡largo de aquí!
—He dicho que la policía ya viene para aquí —respondió el visitante. Sus ojos transmitían una frialdad casi indescriptible.
—¡Mientes! —Al tiempo que negó la evidencia, agarró con fuerza a su indeseado huésped por la muñeca de la mano que sostenía las llaves, mientras que continuó lanzando su amenaza—: He dicho que te largues de aquí. ¡Fuera de mi casa!
Su visitante, soltó el llavero, hizo un giro de antebrazo y no sólo logró zafarse de su agresor, sino que fue capaz de agarrarle a él, invirtiéndose los papeles. Le retorció el brazo con más fuerza de la que aplicó él y lo soltó sin mayor preocupación, manteniendo su mirada fría y su rostro sereno. Su padrastro se agarró el brazo herido y retrocedió un poco más, acobardado pese a su alcohol en sangre. Ninguno de los dos percibió el tintineo de las llaves al caerse.
—Las cosas han cambiado, ya no son como antes. Estoy aquí porque mi madre me ha pedido que te diga algo. Ha dicho que se acabó, que nunca más vas a volver a vernos, que no se va a volver a callar delante de ti y de ningún otro y que debió irse el mismo día en que me fui yo.
—Yo... yo la quiero —respondió, trabándose al hablar.
—¡La dejaste en coma, hijo de puta! ¡Le diste tal paliza que acabó en coma, ha salido de él casi de milagro hace unas horas! —Rugió, al tiempo que lo agarraba del cuello de la camisa y lo zarandeaba. Pudo percibir aquel olor a lavanda, proveniente del abrigo negro que su hijastro llevaba puesto. Entonces lo vio, aquel abrigo había sido el que había encontrado en el armario de su mujer hace dos días, aquel abrigo demasiado estrecho de espalda y hombros como para que fuera a dárselo a él. Aquel abrigo había sido el causante de todo, el inicio de aquella discusión en la que perdió el control. Ella no lo había engañado, ese abrigo no era para otro, era para su hijo.
El propietario del abrigo también pareció darse cuenta, porque le soltó de la camisa y se mantuvo erguido sin decir o hacer nada más.
Sus rodillas se doblaron, y su altura se vió reducida en aproximadamente medio metro. Soltó por última vez la botella de cerveza de su mano, que se volcó sin llegar a romperse, y comenzó a rodar por el suelo del pasillo. Posó su rostro sobre el suelo y agarró con dificultad las llaves de su compañera, para acto seguido romper a llorar por pura desesperación. Su hijastro se quedó allí, de pie, mirándole en silencio y haciendo esfuerzos para no sentir pena o no compadecerse de él.
Él la quería, simplemente eso.
domingo, 22 de marzo de 2009
Eldar
Acuclillado, monté mi arma con velocidad y precisión, con movimientos ágiles, movidos por la inercia que aportaba la rutina, la costumbre. La experiencia.
Mi mente sin embargo, se encontraba inmersa en todos los peligros que me aguardaban, rodeada de ese torrente de sentimientos que siempre me embriagaban antes de afrontar el ritual.
Pero esta vez era diferente. Sabía que esta vez era la última vez que me adentraría en la senda del guerrero. Porque en cuanto finalizase el ritual, no podría volver a abandonarla jamás.
Estaba totalmente enfundado en mi longeva armadura, a excepción del casco, que reposaba junto a mí. Posé con delicadeza mi arma en el suelo y lo sostuve con ambas manos. Miré su rostro, y vi reflejado el mío propio en el pulido cristal del visor.
Aún era consciente de quien era, aún no me había adentrado por completo en la senda.
Cerré los ojos, y me rendí, dejándome llevar. Comenzó el ritual, y mi mente emprendió un camino incierto, divagando entre el sueño y la vigilia.
Nadie, absolutamente nadie podría soportar los horrores de la guerra, no dejaría de contemplar los rostros y nombres de todos aquellos que perdieron la vida en sus manos. La locura estaría presente entre aquellos que han empuñado las armas, aunque fuese sólamente una vez.
La senda evitaba eso. Evitaba cualquier terror o miedo, separando el "yo verdadero" del "yo guerrero". Cuando el ritual terminase, mis sentimientos quedarían ocultos, y tan sólo mi sed de sangre sería visible.
Amigos, familiares... todo quedaría en un segundo plano, y ni siquiera mi nombre importaría lo más mínimo. Se perdería, igual que tantas otras cosas.
Y mi cuerpo y mi mente sólo sentirían una cosa: la muerte. La destrucción. La ira. El sacrificio.
El sacrificio de ocultar mi naturaleza para poder defender a los míos y plantarle cara al mayor de los terrores. Sería más rápido, más ágil, más fuerte, más resistente.
En mi mente se fueron dibujando pensamientos más arraigados, más profundos. Las dudas que podrían atormentarme salieron a superficie hasta desaparecer, tal vez para siempre.
Ya que era consciente de que a medida que avanzo por este camino, la posibilidad de no abandonarlo se acrecenta. Y si no regreso, me convertiré en un ser que sólo tendrá ojos para guerra, ahora y por siempre.
Es el mayor riesgo al que me expongo, pero estoy dispuesto a asumirlo.
Soy un guerrero. Ahora, tan sólo eso importa. No hay lugar para el miedo, ni para el arrepentimiento. Caminaré por la senda, y no miraré atrás. Así es como deber ser, y no de otra forma.
Se acercaba la cumbre del ritual, podía sentirlo. Y precediéndola, mis temores más arraigados en mi espíritu.
Contemplé los rostros de quienes amé, teniendo algo que decir a cada uno. Mis recuerdos se oscurecieron, siendo poco más que borrones en mi mente.
Sentí miedo, miedo a lo que me aguardaba. Quise dar marcha atrás, por un momento quise volver atrás y decir todo aquello que nunca dije, hacer todo aquello que nunca hice.
Pero si me negaba a cumplir con mi papel, ya no habría nadie a quien decir todo aquello, nada por lo que hacer todo aquello.
Mi mundo... se desmorona. Se tambalea peligrosamente, camino de la destrucción. Nosotros somos lo único que queda de nuestra antigua gloria.
Ya no podía retroceder. Sólo quedaba avanzar.
El ritual terminó, y me entregué definitivamente a mi dios, siendo un ejecutor de sus ideas, y convirtiéndome en un mero reflejo de lo que había sido, para toda la eternidad.
El último paso, me puse el casco de la armadura, protegiendo y ocultando mi rostro, y la armadura se activó. Las gemas que aparentemente sólo la adornaban dejaron emerger a las almas de todos aquellos que me precedieron, fundiéndose con mi mente en una sola.
Me levanté, y recogí mi arma del suelo. Mi nuevo nombre vino a mi mente sin necesidad de buscarlo entre los recuerdos de mis otras vidas, el nombre que llevaría hasta el fin de los tiempos, y a la vez olvidé aquel que había sido sólo mío.
Me había convertido en verdugo, y a la vez en víctima.
Me había convertido en exarca.
Abrí las puertas de la habitación, y tras ellas me esperaban los guerreros de mi escuadra. Abandonamos juntos el templo sin mirar atrás, y con nuestras armas, comenzamos a incinerar hasta las entrañas a quienes osaban destruir nuestro hogar, reduciéndolos a cenizas.
Somos el pueblo de las estrellas, y no desapareceremos de la faz del universo.
No sin luchar.
Mi mente sin embargo, se encontraba inmersa en todos los peligros que me aguardaban, rodeada de ese torrente de sentimientos que siempre me embriagaban antes de afrontar el ritual.
Pero esta vez era diferente. Sabía que esta vez era la última vez que me adentraría en la senda del guerrero. Porque en cuanto finalizase el ritual, no podría volver a abandonarla jamás.
Estaba totalmente enfundado en mi longeva armadura, a excepción del casco, que reposaba junto a mí. Posé con delicadeza mi arma en el suelo y lo sostuve con ambas manos. Miré su rostro, y vi reflejado el mío propio en el pulido cristal del visor.
Aún era consciente de quien era, aún no me había adentrado por completo en la senda.
Cerré los ojos, y me rendí, dejándome llevar. Comenzó el ritual, y mi mente emprendió un camino incierto, divagando entre el sueño y la vigilia.
Nadie, absolutamente nadie podría soportar los horrores de la guerra, no dejaría de contemplar los rostros y nombres de todos aquellos que perdieron la vida en sus manos. La locura estaría presente entre aquellos que han empuñado las armas, aunque fuese sólamente una vez.
La senda evitaba eso. Evitaba cualquier terror o miedo, separando el "yo verdadero" del "yo guerrero". Cuando el ritual terminase, mis sentimientos quedarían ocultos, y tan sólo mi sed de sangre sería visible.
Amigos, familiares... todo quedaría en un segundo plano, y ni siquiera mi nombre importaría lo más mínimo. Se perdería, igual que tantas otras cosas.
Y mi cuerpo y mi mente sólo sentirían una cosa: la muerte. La destrucción. La ira. El sacrificio.
El sacrificio de ocultar mi naturaleza para poder defender a los míos y plantarle cara al mayor de los terrores. Sería más rápido, más ágil, más fuerte, más resistente.
En mi mente se fueron dibujando pensamientos más arraigados, más profundos. Las dudas que podrían atormentarme salieron a superficie hasta desaparecer, tal vez para siempre.
Ya que era consciente de que a medida que avanzo por este camino, la posibilidad de no abandonarlo se acrecenta. Y si no regreso, me convertiré en un ser que sólo tendrá ojos para guerra, ahora y por siempre.
Es el mayor riesgo al que me expongo, pero estoy dispuesto a asumirlo.
Soy un guerrero. Ahora, tan sólo eso importa. No hay lugar para el miedo, ni para el arrepentimiento. Caminaré por la senda, y no miraré atrás. Así es como deber ser, y no de otra forma.
Se acercaba la cumbre del ritual, podía sentirlo. Y precediéndola, mis temores más arraigados en mi espíritu.
Contemplé los rostros de quienes amé, teniendo algo que decir a cada uno. Mis recuerdos se oscurecieron, siendo poco más que borrones en mi mente.
Sentí miedo, miedo a lo que me aguardaba. Quise dar marcha atrás, por un momento quise volver atrás y decir todo aquello que nunca dije, hacer todo aquello que nunca hice.
Pero si me negaba a cumplir con mi papel, ya no habría nadie a quien decir todo aquello, nada por lo que hacer todo aquello.
Mi mundo... se desmorona. Se tambalea peligrosamente, camino de la destrucción. Nosotros somos lo único que queda de nuestra antigua gloria.
Ya no podía retroceder. Sólo quedaba avanzar.
El ritual terminó, y me entregué definitivamente a mi dios, siendo un ejecutor de sus ideas, y convirtiéndome en un mero reflejo de lo que había sido, para toda la eternidad.
El último paso, me puse el casco de la armadura, protegiendo y ocultando mi rostro, y la armadura se activó. Las gemas que aparentemente sólo la adornaban dejaron emerger a las almas de todos aquellos que me precedieron, fundiéndose con mi mente en una sola.
Me levanté, y recogí mi arma del suelo. Mi nuevo nombre vino a mi mente sin necesidad de buscarlo entre los recuerdos de mis otras vidas, el nombre que llevaría hasta el fin de los tiempos, y a la vez olvidé aquel que había sido sólo mío.
Me había convertido en verdugo, y a la vez en víctima.
Me había convertido en exarca.
Abrí las puertas de la habitación, y tras ellas me esperaban los guerreros de mi escuadra. Abandonamos juntos el templo sin mirar atrás, y con nuestras armas, comenzamos a incinerar hasta las entrañas a quienes osaban destruir nuestro hogar, reduciéndolos a cenizas.
Somos el pueblo de las estrellas, y no desapareceremos de la faz del universo.
No sin luchar.
viernes, 13 de marzo de 2009
Relatos de quien trasnocha
Apenas había desfilado media hora más de la medianoche por el reloj de la habitación. Bajo sus ojos comenzaban a marcarse lo que al amanecer serían unas claras ojeras, presentes habitualmente en las facciones de su pálido rostro. Aún así, el brillo de sus cansadas pupilas era exactamente idéntico que el que mostraban a la luz del sol en sus mejores momentos, por no hablar de la viveza del color de sus iris azules.
La que debía ser la cuarta taza de café del día ya reposaba vacía sobre la mesa, dejando únicamente como recuerdo en sus labios resquicios de su delicioso sabor, con ese punto amargo que tanto le atraía, y que fomentaba la idea de poner en marcha la cafetera una vez más.
Frente a él, las letras de los libros que lo rodeaban y de la pantalla del ordenador le embriagaban, alimentando su hambre irrefrenable de lectura, otra de las adicciones que poseía y que no tenían en consideración la hora en la que se manifestaban, produciéndole esa sensación de abstinencia imposible de ignorar.
La noche podría resultar larga, pero no le preocupaba dormir menos de lo debido.
Al contrario, su mayor temor era dormir más de la cuenta, cuando el resto del mundo ya estuviese despierto y le obligasen a nadar a favor de la corriente del nuevo día.
La que debía ser la cuarta taza de café del día ya reposaba vacía sobre la mesa, dejando únicamente como recuerdo en sus labios resquicios de su delicioso sabor, con ese punto amargo que tanto le atraía, y que fomentaba la idea de poner en marcha la cafetera una vez más.
Frente a él, las letras de los libros que lo rodeaban y de la pantalla del ordenador le embriagaban, alimentando su hambre irrefrenable de lectura, otra de las adicciones que poseía y que no tenían en consideración la hora en la que se manifestaban, produciéndole esa sensación de abstinencia imposible de ignorar.
La noche podría resultar larga, pero no le preocupaba dormir menos de lo debido.
Al contrario, su mayor temor era dormir más de la cuenta, cuando el resto del mundo ya estuviese despierto y le obligasen a nadar a favor de la corriente del nuevo día.
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